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Historia
Estancia Los Granaderos
En 1921 estalló en la provincia de Santa Cruz una prolongada huelga de trabajadores rurales enrolados en la Federación Obrera de Río Gallegos afiliada a la FORA, la central anarquista. Los precios de la lana y de la carne de cordero habían crecido notablemente durante la Primera Guerra Mundial generando una notable prosperidad en los estancieros patagónicos. Esa prosperidad no se transmitió a los trabajadores que siguieron cobrando salarios miserables y viviendo en condiciones infrahumanas. Con el fin de la Guerra, bajó la demanda y con ella el precio de las exportaciones primarias patagónicas.
La Federación presentó un petitorio a los estancieros con reclamos básicos que no incluían aumentos salariales. Pedían que cesaran las reducciones salariales y se humanizaran las condiciones de vida y trabajo en las estancias. El documento fue rechazado de plano por los patrones y una asamblea decretó la huelga general
El Gobierno de Hipolito Yrigoyen, presionado por las patronales y la embajada británica, envió al teniente coronel Héctor Benigno Varela. El militar elaboró un informe en el que concluía que los responsables de la situación eran los estancieros por los niveles de explotación a los que tenían sometidos a sus peones y redactó un acuerdo para solucionar el conflicto. Este contemplaba las demandas obreras y los obligaba a deponer las armas, devolver los bienes tomados en las estancias y entregar a los rehenes. Fue firmada con sabor a victoria por parte de la Federación y a regañadientes por la patronal.
Los estancieros no cumplieron con lo acordado. Para fines de octubre, todo el territorio de la provincia estaba en huelga.
El gobierno envía al teniente coronel Varela quien organiza la campaña dividiendo el territorio en tres. En la zona sur operará Viñas Ibarra quien deberá reprimir la columna que encabeza Antonio Soto y que tendrá como campo de operaciones la zona de Lago Argentino (hoy cercanías de la localidad de El Calafate y glaciar Perito Moreno). Un segundo grupo operará desde Paso Ibañez y Puerto Santa Cruz (zona central). Allí están los líderes huelguistas Outerelo y Argüelles.
Queda una tercer columna huelguista que recorre desde la zona central (Cañadón León hoy Gobernador Gregores) y se encamina hacia el norte (zona de Tehuelches, Jaramillo y Puerto Deseado).
Se han llegado a contabilizar cerca de un centenar de sitios en los que habría personas fusiladas. Las tres estancias que mas se nombran entre los testimonios serán "La Anita" (zona sur - Lago Argentino), "Bella Vista" (zona central - Cañadón de los Muertos - hoy cercanías de Gobernador Gregores) y estancia "San José".
Varela comenzó a dar cumplimiento a su bando y una a una fueron recuperadas las estancias. Los trabajadores que se entregaron fueron despojados de sus pocos bienes materiales por los "defensores de la propiedad privada". Luego debieron pasar por estrechos corrales donde fueron golpeados, rapados con las máquinas de esquila por la soldadesca y encerrados en los galpones de las estancias. Allí, sentados espalda contra espalda, cada uno debía sostener una vela encendida para su mejor vigilancia. A la mañana siguiente fueron obligados a formar en dos largas columnas. Varela en persona acompañado de los estancieros y miembros de la Liga Patriótica identificaban a los delegados de estancia, a los sospechosos, a los no simpáticos o no del todo complacientes, a los que les debían más de tres meses de sueldo, todos ellos cayeron bajo las balas del Regimiento 10 de Caballería comandado por Varela, quien previamente les hizo cavar a cada uno su propia tumba. En total fueron salvajemente fusilados en todo el territorio de Santa Cruz unos 1.500 trabajadores.
Terminada la faena, Varela regresó a Buenos Aires. El represor fue designado director de la Escuela de Caballería de Campo de Mayo, cargo que ejerció hasta el 27 de enero de 1923, cuando fue asesinado en la puerta de su casa en la calle Fitz Roy 2461 de Palermo, por el anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens. Le arrojó una bomba y disparó los mismos cuatro tiros que ordenaba Varela con sus dedos para ahorrar palabras.
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”Y tal vez la tierra recuerde. Tal vez las rocas y la estepa patagónica aún contemplan, como un vívido presente, a los hombres que son obligados a componer una nerviosa fila.
Y el viento susurra. Y los fusiles suben hasta dibujar una línea recta. Y los ojos de los ejecutores se concentran en los pechos indefensos.
Quizá ninguno de los que apuntan reparan en las jornadas de digno y extenuante trabajo que pesan sobre aquellos hombres; quizá no ven, junto a ellos, a sus esposas e hijos, y sus padres y madres, o las tumbas de sus padres y madres enterrados en algún humilde cementerio.
Quizá no perciben los ojos que destilan, en un solo reflejo, confusión, miedo, un silencioso pedido de compasión o la última decisión de morir bien erguido aunque se trate de una muerte cruelmente injusta.
Quizá los soldados ejecutores sólo ven delante un estorbo que rápidamente deben remover para regresar después a sus hogares.
La única realidad cierta es la de una señal, y después el fuego letal de los fusiles. Y los hombres humildes que caen sobre la tierra. Los hombres que se abrazan entre sí, en solitarias fosas comunes. Esos hombres para los que ninguna cruz quedó, ninguna flor, en el lugar en la estepa donde les arrancaron salvajemente la esperanza de caminar con dignidad por los senderos de la vida”.
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